Don Mario
Desde hace ya mucho tiempo, las mañanas del miércoles, un poco pasadas las 8:00 am, un pregonar se escucha por la cuadra donde vivimos:” Bolsas para la basuraaa… la varita de inciencio, la bolita de cloro…”.
Quien
pasa buscando su sustento es don Mario, un adulto mayor que, por esas cosas de
la vida, hace parte de ese gran número de colombianos de la tercera edad, que
nunca pudieron consolidar la posibilidad de pensionarse y que, a estas alturas
del partido, se ve en la necesidad de hacer su rebusque.
Es
un hombre alto, pasa de los 1,70, tiene un andar lento, debido a una cojera
bastante acentuada, cercano a las 7 décadas. También desde hace un tiempo, cada
mañana que pasa por la casa, lo convidamos a que nos acompañe a tomar el
desayuno, mismo que nos agradece llenándonos de bendiciones y buenos deseos y
dejándonos algún obsequio de las cosas que vende, usualmente “la varita de
inciencio” (sic), pese a que en muchas ocasiones le hemos insistido en que no
es necesario, sin embargo y de manera tácita, hemos decidido aceptar ese
modesto presente, porque el se siente agradecido con nosotros.
Esos
encuentros breves nos han permitido saber que es pariente de algunos vecinos del
barrio donde solía vivir mi esposa y, por tanto, poseen conocidos en común;
saber que vive con una hija en Castilla arriba, como dice él y
que trabajó en lo que pudo, porque no logro ni siquiera terminar la primaria.
No
tiene teléfono celular, ni cuenta de correo electrónico, ni muchísimo menos
redes sociales; para cualquier trámite médico, debe recurrir a su hermana que
es la que tiene teléfono y con una paciencia de envidiar, hace cuanto recorrido
le indican para ser atendido, llegándose el caso de que lo han hecho ir a tres
diferentes puntos de salud para ser atendido.
Hará
cosa de 4 meses, dejó de pasar unas tres semanas, sabíamos que estaba pendiente
de un procedimiento en los ojos, por lo que nos comunicamos con la hermana que
tiene teléfono y le preguntamos por el, y, luego de las aclaraciones
pertinentes, preguntamos, y nos contó que ella tampoco sabía de él hacia días,
que no había vuelto por el morral donde el guarda sus productos y que estaba
preocupada. Con la incógnita en el corazón nos despedimos y le solicitamos que
nos informara cualquier novedad.
No
habían pasado 10 minutos cuando recibí una llamada de un celular desconocido:
- Señor, le habla Fulana, la hermana de
Mario, mire que Dios es muy lindo, aquí acabó de llegar mi hermano y le conté
de su llamada, ya se lo paso.
- Don Mario, cómo está, con Martín y
Doris, los de Quintalinda.
- Ah, los que me dan el desayunito, mi Dios
les pague por preguntar y por la comidita que me regalan.
- ¿Qué le pasó? ¿usted dónde estaba? ¿Se
fue de paseo y no nos avisó o qué?
- Nada, jue que me operaron los ojos
entonces andaba en recuperación, pero ya hoy empecé a trabajar otra vez, aquí
vine por las cositas donde mi hermanita. Por allá nos vemos la otra semana.
- Bueno don Mario, nos alegra saludarlo y
saber que está mejorcito, cuídese mucho y por aquí nos vemos Dios mediante.
- Mi Dios les pague a ustedes.
Don Mario tiene un recorrido diferente cada día, y tiene una clientela que le compra sus productos con cierta regularidad, por lo que el se muestra muy agradecido. Nunca lo hemos oído renegar, antes nos dice que el le da muchas gracias a mi Dios porque todavía se puede valer y trabajar y que gana para sus gastos, aunque se queja mucho de que un pan y un café para desayunar cuesten tanto. Hasta donde sé, al momento de estar escribiendo estas líneas, debe estar en cita con el anestesiólogo, porque tiene pendiente un procedimiento de hernias, del cual esperamos que salga bien, como pasó con su cirugía de ojos.
Las historias tienden a ser cíclicas, por eso debo mencionar lo que les compartí hace poco más de un año en mi nota Dolor de vejez , porque la historia de don Mario se parece mucho a la de otros tantos adultos mayores, que están pasando las verdes y las maduras por falta de oportunidades, por abandono de sus familias o por falta de políticas más efectivas que no se estén robando la plata de los contribuyentes.
La
vejez en el país está en crisis a muchos niveles. Hace días en Medellín
reportaban que los hospicios para adultos mayores están sin capacidad de
recibir nuevos habitantes, imagino que en otras ciudades andan así, cosa que me
causa mucho pesar.
No
sé si Dios nos tiene a Doris y a mí vistos para una vida longeva, pero algo que
le he pedido mucho es que, si ese es Su plan, nos permita alcanzarla con las
capacidades necesarias para vivirla siendo autosuficientes, ya Él sabrá.
Lo
que si quiero decirles una vez más, es que recordemos la importancia de nuestros
adultos mayores, el amor que merecen de parte nuestra, el apoyo que les podamos prodigar, sus cuidados y demás situaciones para que tengan una vida digna.
Y
ojalá los gobiernos se pongan la mano en el corazón y hagan las inversiones
necesarias y que las familias hagan su mejor esfuerzo para solventar tantas situaciones dolorosas y que personas como don
Mario, que tiene que buscar su sustento con su acentuada cojera, tengan unos
años finales dignos, en paz y bienestar. Hasta la próxima.
Se me aguaron los ojos leyendo esta historia de don Mario, sobre todo de pensar que no es el único que la vive. Gracias Martín y Doris por invitarlo a desayunar cada miércoles. Un abrazo.
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