El alma de las cosas
Saludos, espero que se encuentren muy bien.
En mis años mozos, esperaba con muchas ansias una publicación llamada Postre
de notas, quienes sepan de qué estoy hablando, mejor váyanse preparando para la
quinta dosis.
Durante mucho tiempo seguí religiosamente a Daniel Samper Pizano, periodista
y columnista, tocado, a mi parecer, con un fino humor, prolijo en su lenguaje,
y quien ha hecho gala de una sutileza muy fina en la ironía. Como sea, sus
columnas siempre me han divertido mucho.
Esta mañana, a raíz de un percance involuntario, recordé casualmente una de
aquellas columnas donde Daniel refería que las cosas, como los guaduales de la
canción, tienen alma. Y es que el refería que pareciera que los objetos de un
momento a otro tuvieran vida propia, como lo que pasa con las medias, que a
veces sin ton ni son, se pierden, enviudan de sus compañeras, y luego de haber
descartado la que quedó, aparece nuevamente la que inicialmente se había
perdido.
Pues bien, esta mañana les tocó el turno a mis gafas, sin las cuales me veo
limitado para leer letra chica. Lo cierto del caso es que hasta anoche las había
tenido puestas, aunque aprovechando que estaba viendo una película subtitulada,
las tenía puestas encima de mi cabeza, no en el lugar que le corresponden
habitualmente sobre el puente de la nariz. Lo último que recuerdo es que vi
algunos mensajes antes de dormir y de ahí ni más las volví a ver.
Esta mañana no las encontré en su lugar de reposo habitual en una mesita que
tenemos colocada a los pies de la cama. Desconcertado, miré entre las cobijas,
por debajo de los muebles que tenemos en el cuarto, debajo de la cama, incluso
en el estudio y el baño, pero nada, simplemente no estaban.
Pasado un rato de andar en esas, nos disponíamos a desayunar, cuando mi
esposa me dice con esa sonrisa graciosa que la acompaña en una pilatuna: “¿cuánto
me da por sus gafas?”, a lo que, desconcertado, le respondí “muchos besitos”.
Acto seguido se ríe y me dice que mire el WS. y helas ahí, coquetamente
acomodadas encima de la bolsa de agua caliente en una cómoda que tenemos
adosada a la pared, la cual cubrimos con una cortina.
En resumidas cuentas y luego de recapitular, lo acontecido fue lo siguiente: anoche corrí la cortina buscando un corta uñas, pero no la volví a su posición habitual, cuando se llegó la hora de dormir, puse mis gafas en su lugar y lo más probable es que, al apagar la luz, las empujé de la mesa al punto donde cayeron, aunque no descarto alguna caminata informal de nuestro gato por esos rincones. Esto solo da cuenta del nivel de distracción que podemos llegar a manejar.
Recuerdo
que una vez hace algunos años, tenía la costumbre de llevar una agenda debajo
del brazo, y en uno de mis habituales despistes, la estuve buscando, hasta
cuando una señora, en la oficina en la que me encontraba, me pregunto que si lo
que estaba buscando no era lo que tenía debajo del brazo. No sé qué fue más
grande, si mi bochorno o la carcajada de la persona que me estuvo observando
todo ese tiempo.
Y ¿a cuántos de ustedes se les han perdido cosas por esa “alma” que llevan
inmersa? Cuéntenme. Un abrazo y hasta la próxima
Yo pierdo cosas todos los días en el camino de la vida, tanto así que tome la decisión irrevocable de no buscar y dejar que como está nota itinerante...ellas me encuentren a mí. Un abrazo
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